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'El mundo en un plato, qué comer y dónde en los cinco continentes'

Crítica literaria por José Antonio Martínez-Abarca
01-12-2011 19:52
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'El mundo en un plato, qué comer y dónde en los cinco continentes'

'El mundo en un plato, qué comer y dónde en los cinco continentes'

"El mundo en un plato, qué comer y dónde en los cinco continentes" (varios autores, El País Aguilar 2011)

Hay un estupendo programa en la televisión norteamericana, de momento, y salvo error, creo que sin estrenar en España, llamado "Bizarre Foods", "Comidas extrañas", donde un tal Andrew Zimmern prueba por todo el planeta comestibles que al paladar convencional le pueden parecer algo extravagantes. El lema que preside la andadura (o más bien comedura), de Zimmern es perfectamente aplicable a este libro que comento, toda una declaración de intenciones y con el que coincido absolutamente: "No hay mejor manera de conocer los países que conocer su cocina". Exacto. El clásico turismo monumental ha quedado muy superado, tras la globalización del conocimiento y las nuevas tecnologías, por el turismo gastronómico, que hoy tiene mucho más sentido que el otro. Yo diría que es el último turismo que mantiene todo su sentido. El turismo monumental es algo bastante anacrónico. En efecto, es posible reproducir visualmente en cualquier parte del mundo, con bastante aproximación, y como digo a través de las nuevas tecnologías de la imagen, cómo es el realmente, por ejemplo, el Partenón de Atenas (que a Steve Jobs le pareció "alucinante"). No sólo lo que uno siente al ver sus proporciones, sino también lo que uno siente al estar en su carcanía. Es posible reproducir incluso la atmósfera. Eso no ocurre con las comidas del mundo. Ni siquiera el pasmoso desarrollo de la imagen hoy en día es capaz de reproducir, no ya por supuesto a qué saben, sino ni siquiera lo que sentimos al tenerlas ante nosotros. La comida no queda bien en foto. Siempre es una naturaleza muerta. Sólo podemos saber en qué consiste si vamos al sitio personalmente y la probamos. Sólo podemos hacernos una idea, cualquier idea, exacta, aproximada o vaga, de a qué saben las dolmades, hojas de parra rellenas (por cierto, sobrevalorado plato, siempre demasiado ácido) si nos presentamos físicamente en Grecia y las pedimos en una "taverna".

El turismo apasionante, e irreproducible por otro medio, es el turismo gastronómico: ya prácticamente no queda otro. El libro "El mundo en un plato" es la plasmación de esto. A pesar de la calidad de las imágenes (y de los textos: está bien escrito y traducido al castellano), algo ya clásico en la serie de guías turísticas "visuales" de El País Aguilar, el mayor valor del libro es señalarnos en el mapamundi qué especialidades de la cocina tradicional debemos probar, en qué país, y en qué restaurantes concretos. Lo demás, sobra, porque, como hemos señalado antes, no podemos hacernos una idea ni siquiera vaga de cómo son en realidad esos platos. A pesar de eso, el libro es interesantísimo como breviario de las cosas que debemos probar al menos una vez antes de morir. Por supuesto, hay presencias en el libro que tal vez debieran ser ausencias (no tiene sentido que el plato indispensable de Venezuela sean unos vulgares chicharrones, torreznos o morros de cerdo en España, o que el lugar señalado para ir de tapas en España sea Alicante, cuando Alicante es, en mi muy compartida opinión, el mejor lugar para comer paella del mundo, aunque desde luego no esté entre los primeros diez sitios de España para irse de tapas). También hay ausencias que debieran ser presencias (casi es escandaloso que, de entre la limitada gastronomía tradicional norteamericana, no aparezca el yodado cangrejo rey de Alaska, uno de los mejores bocados marinos que existen, de intenso sabor salino equiparable en exquisitez al percebe de las rías gallegas y que supera el dulzor, un poco decepcionante, del resto de crustáceos). Pero en general es muy útil. Sobre todo para enterarnos por qué la comida es el último refugio de las distintas culturas del mundo, amenazadas, si no ya laminadas, por el pensamiento único y la civilización dominante. El mundo, comiendo, aún es diverso, excitante, inacabable, maravillosamente contradictorio. El único terreno en el que uno aún se puede sentir el primer explorador cuando ya todo el planeta sale, palmo a palmo, fotografiado en "google maps". Comer diferente, comer insospechado es el único motivo por el que merece la pena un viaje.

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