Grandes viajes

Arinaga está de moda

0 votos

Las Palmas de Gran Canaria - Las Palmas

Sol, playa, buen ambiente y pescado en el Sureste

Juanjo Jiménez

 

Arinaga engaña. Vista desde la carretera general del Sur ofrece la falsa impresión del polígono impersonal, anodino, sin más.

Pero es puro camuflaje. Basilio Quintana, con retranca, asegura que "aquí se está fatal, que el viento es inaguantable" y pide publicitar desgracias, "para que no venga la gente". Lo dice él, allí en bañador igual hoy que un 26 de diciembre, ensalitrado de un margullo reciente, con vecinos a la caña cobrando piezas detrás de él, en un paseo marítimo festoneado de sombrillas, con mesas en las que brinca el pescado fresco y desde las que se ven las piscinas naturales y la chiquillería jugando. Y además informa que de lo mal que lo están pasando él y sus amigos, -con una parranda considerable a esas horas del mediodía-, se van a tener que tomar unas cervezas.

Chano el Negro, el séptimo hijo de Tina Pérez, "que para Arinaga fue una madre", y de Agustín Herrera, "buena persona y buen padre" le ríe la gracia a la pandilla en bañador. Mira a la enorme bahía tratando de buscar las casas antiguas abducidas por las nuevas. No las encuentra. Y larga: "Hombre, entre aquello que fue, y esto que es, me quedo con lo último. Ahora sí que se vive muy bien".

Chano el Negro acaba de llegar al Muelle Viejo de Arinaga y la parroquia que se encuentra cogiendo sol tumbada en el piso como lagartos de diciembre lo reciben tal cual fuera el fundador del pueblo.

Evidentemente no lo es. De Arinaga se tienen noticias bien antiguas: Torriani lo apuntó en un mapa de 1592 porque el lugar era una mina desde la que se exportaba caliza durante no menos de cuatro siglos, como atestiguan sus hornos de cal, varios de ellos perfectamente adecentados hoy para ilustrar -y sorprender-, a las visitas.

Pero no hay que irse a Torriani para tratar de entender Arinaga.

Chano es más divertido, además está vivito y coleando, pero sobre todo porque atesora el conocimiento del que nació allí, precisamente hace ayer sábado 60 años. El Negro es pues una auténtica rareza para un antiguo y remoto pago que hoy se convertido en una urbanización residencial de 8.000 almas casi todas foráneas, cientos de industrias, decenas de aerogeneradores y todo tipo de servicios.

"Le decía yo, que la vida era mala", dice el hombre recogiendo el hilo que dejó suelto en el primer párrafo. "¿Seríamos 100 personas?, no creo que más. Todo era más duro. Le voy a poner un ejemplo para que se haga usted una idea: Arinaga era un temporal permanente. Todos los días, de tal forma que lo raro era salir peinado y al segundo no quedarte con el pelo enterrado. Le digo más. Desde La Ciudadela", dice apuntando con el dedo a la costa, "hasta ahí detrás al Zoco Negro y el Risco Verde no se podía llegar con el aire de frente de tanto que era el viento". Chano pinta un cuadro de la Arinaga de hace 50 años de un lugar auténticamente perdido en el erial. "No había carretera directa, sino un camino que se inundaba de arena. Aquí no bajaba absolutamente nadie.

No existían coches, y el panadero bajaba en burro y comía pan la gente que trabajaba. Yo, como era chico y no trabajaba, no comía ni pan".

Era una pobreza de libro en un lugar alucinantemente rico. Su marea era un caladero abigarrado de salmonetes, viejas, besugos, bogas, chicharros, caballas, tapaculos y sargos gigantes, un sueño del trasmallo, que hoy se recrea en la Vará del Pescado, una fiesta que precisamente el mismo Chano asegura haber documentado con los recuerdos de su infancia. En tierra, además de la amplia decena de hornos de cal que aportó material para la construcción de la isla, se acostaban las salinas, que datan de 1804, después del que el obispo Verdugo donara 300 pasos de cuadro para construirlas.

Y en el Muelle Viejo, donde ayer sábado sin ir más lejos tomaban el sol Antonio Sánchez, Basilio Quintana, Feluco González, Cristóbal Romero y Carlos Saavedra, -"ponga usted que estamos muy agobiados y muy estresados"-, se acumulaban por toneladas las varas de fayal-brezal importadas de La Palma para el enlatado de los cultivos de tomate que con el tiempo terminarían plastificando Arinaga de punta a cabo.

Pero fue en 1973 cuando aquel remoto caserío anclado contra el viento comenzó a convertirse en una potencia industrial, sobre la que se asientan casi 600 edificios aliñados con el mayor parque eólico de Canarias.

Galería de fotos

Mapa