Grandes viajes

La paloma junto a los cernícalos

0 votos

Telde - Las Palmas

Visita a Colomba, enclave de Telde

Juanjo Jiménez

 

Si se mira a la izquierda justo a la entrada del barranco de los Cernícalos, Telde, la vista pega en la Colomba, una hilerilla de casas muy antiguas de barro y piedra y también un nisperero que da sombra al único vecino fijo, Miguel Martel Monzón, allí pelando cardos para un potaje y relatando de memoria cómo era el frangollo de hace 80 años, cuando se sobrevivía a jaramago, higo y colino.

Aquí en Colomba se vivía como pobres". Miguel Martel Monzón, que el 5 de marzo hace 80 años, se está preparando un potaje de pobre, con unas verduras y un fajo de cardos cogido en una orilla y que está pelando con una puntilla atrincherado del sol a la sombra de sus aguacateros y nispereros.

Bueno. Resulta que Martel Monzón es el alcalde, único vecino fijo y peón, tres en uno, del pago que hace de porche del barranco de los Cernícalos, si acaso una decena de casas de piedra viva, barro y tejas, fabricadas de "cuando la última voluntad", explica Miguel, aludiendo con última voluntad a los tiempos en que a la gente no le quedaba otra que levantar teniques a pulso para hacer un echadero.

Rumbiando hacia arriba por la ladera, por encima de las destartaladas tejas y los pasteles de risco que pueblan los techos a dos aguas, hay una segunda Colomba, que alude a la pobreza más pobre de cuantas pobrezas hicieron pobres a los antepasados vecinos de Martel. Según Miguel, unas seis familias sobrevivían en las mismas cuevas que ahora aparecen fileteadas con los churretes blancos que dejan las cagadas de los muchos cernícalos que bautizaron el espectacular barranco, y tan poco tenían aquellos trogloditas antiguos que se alimentaban de "higos y tunos", como dieta principal, y de otras frutas de temporada que paría el cauce, lo que de ser cierto en todos sus términos estaríamos ante los últimos recolectores conocidos de esta banda del Atlántico...

Incluso abajo, en la zona noble de viviendas la parranda no pintaba mucho mejor. "Los niños íbamos a la escuelita de Frasquita por una perra negra al mes, -cuando las perras eran negras, ¿sabe usted?-, y allí aprendíamos sentados en el suelo encima de una estera de palma con las patas cruzadas". Todo era tan precario que hasta la suerte, si llegaba, venía menguada: La Media Suerte, se llama el pago que linda con Colomba.

Ganas de irse era lo único que había de sobra pero no fue hasta los años 70 del siglo pasado cuando con la explosión de los tomateros en la costa los cavernícolas de allá arriba por fin encontraron trabajo y mesa arrastrando con ellos a buena parte del resto de Colomba, cuyo nombre aparecía en 1799 cuando, a solicitud del obispo Verdugo, se fijan los confines de Valsequillo y Telde para establecer dónde empezaba y dónde acababa el término parroquial.

A Colomba la línea le quedó en la vera de Telde. Y desde el nisperero del teldense Martel se ve enfrente a dos valsequilleros partiéndose las espaldas laborando unos surcos en lo que llaman Solana del Fregenal.

Tanto en un sitio como en otro la lumbre era a vela y quinqué de petróleo. El agua la que bajaba por el barranco y la grasa y las pocas proteínas las ponía un cochino anual en según que casas. "Sólo se botaban las pezuñas" y con el chasis "se hacían huesitos pequeños que poníamos en los potajes de jaramago, de berros, de cardos o colinos".

En Colomba tampoco existían fiestas que documente Miguel, nacido en plena batalla nacional rodeado de mujeres, dado que los hombres fueron carne de cañón.

"Mire. Esto no tenía ni tiendas, ni bares, ni cerveza en botella: venía en barriles, y con los aros de latón remendábamos los arados. Tampoco habían güisquis, ni bebidas diversas, sólo ron blanco de Telde". El fondo de ropero también era de lo más escaso: "Las madres acostaban a los niños para lavarle la ropa. Sólo había una muda, sepa usted".

Un día del cuaternario el volcán de Barros dejó el basalto los conos que dan forma al sitio y la toponimia a la zona: Los Arenales, con sus canteras de picón de piroclastos.

Canarios, pintos y linaceros sobrevuelan las cabras de Miguel, y el baifillo, que no se lo come porque "uno le coge cariño" y que llama al hombre con un meloso politono baifillo. Más allá, hacia lo verde del barranco de Los Cernícalos, se esconden los tomaderos de agua, los platos de cierre, los acueductos, las acequias, las cantoneras, un antiquísimo entramado hidráulico sepultado por vinagreras incienso, tajinaste, tabaibas y retamas.

Hay que imaginarse el singuío de los ranchos de ánimas, de profusión en ese fielato de Valsequillo y Telde, si le gusta desalarse.

O quitarse los zapatos, si lo que se prefiere es sentir a rente la durísima y antigua isla de Martel, la que él se andurriaba por tantas las penurias "la mayor parte del tiempo descalzo".

Galería de fotos

Mapa