Paseos

Al ritmo del chucu-chucu-chú

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Alicante - Alicante

Este plan, que es una ricura, está sin explotar por un sinfín de alicantinos y foráneos

E. PAREDES / E. MORALES. FOTOS: CRISTINA DE MIDDEL

 

A las nueve y media de la mañana del sábado la ciudad está para comérsela. Como nadie dispone a su antojo de ella es menos indigesta. Atravesamos el centro subiendo hacia la Croissanteria Quintana para aprovisionarnos de coca amb tonyina que, como todo lo que sale de su horno, es de premio. Con algún acompañamiento más y, por 5 euros la pareja, tenemos la comida resuelta. El vino lo traemos en la mochila. Los hosteleros, tranquilos, no se pongan tensos, que el día anterior, el del Padre, estuvimos dejándonos los cuartos en uno de los restaurantes del Paseo de Niza que, por cierto, andaban a rebosar.

A la altura del Mercado nos encontramos con la pintora Dolores Balsalobre. Viene de hacer la compra y de dejarse llevar por las primeras tonalidades del día, que más tarde no escaparán al lienzo. Nosotros nos adentramos en La madrileña para dar buena cuenta de un café y de un chocolate con churros recién salidos. A tono nos situamos ante la ventanilla de la estación. Acaba de irse el de las once menos diez y hemos de esperar hasta y cuarto. Sólo con la ida aguardan tres horas de relax. Es cierto que por un poco más de tiempo te plantas en Madrid, pero se trata, precisamente, de eso: de no ir a ningún sitio en concreto. No estamos hablando de utilizar las líneas para llegar al trabajo ni para escudriñar en las privatizaciones planificadas. Nos dirigimos a disfrutar del día libre. Y ahí vamos.

En Sangueta el cielo se muestra melancólico. La mayoría de los que compartimos vagón somos ya talluditos. Una pareja mayor revive historias de la huerta de San Vicente con acento francés y otra cuarentona, inglesa perdida, conecta un ferrocarril con otro, camino de Benidorm. Contradictoriamente, en la estación del Mercado no hay ni un solo puesto de información turística. El único folleto a mano es el de los horarios. Pero el trayecto es un manojo de sensaciones. Hasta La Vila, el estómago se encoge con los acantilados, al tiempo que el Montíboli permanece pensativo en la cima a horas de su reapertura. Al poco de dejar atrás el magnetismo que desprende la silueta de los rascacielos aparece majestuoso, entre Altea y Calpe, el llamativo templo de la Iglesia Ortodoxa que concita todas las miradas. Del little neoyorkino a los Urales en diez minutos. Viendo desde los raíles lo que hemos sido capaces de perpetrar en la costa a lo largo de décadas resulta un milagro que algo llame la atención, y más siendo ortodoxo. Encarar las entrañas del Mascarat y Bernia le cuesta a la máquina más de un dolor de vértebras. Escala como puede y se desentumece por La Xara al profanar un campo de golf y hacer que los adictos fallen el put para deleite de los viajeros. Alcanzamos el Puerto de Dénia con unos minutos de retraso sobre el horario previsto, dispuestos a dar buena cuenta de la coca.

Vivaldi en el vagón

Normalmente, algo de demora, va a haber. Las condiciones en las que se encuentran parte de los tramos de vía no son las mejores. Renovándose están. De cualquier modo, tomándoselo como la excursión que es, poco importan estos añadidos. Las atenciones del personal los compensan. Cualquier información requerida se obtiene. Además, los aseos en las estaciones de Dénia y de Benidorm –trasbordo habemus– presentan buen estado de revista. Con el ferrocarril de moda, el objetivo no es el de una semana a bordo del lujo del Transcantábrico ni del Al Andalus, pero las posibilidades para diferentes programas son múltiples. Desde las seis menos cuarto de la mañana que sale el primero de Alicante hasta las ocho y veinte de la noche que regresa el último desde Dénia hay donde escoger. Altea, con la estación en pleno centro, es muy visitable. Al caer la tarde, el público ya es otro. Los críos del todo se apean en el centro comercial de La Vila. Los más mozos suben en El Campello con cara de farra aunque tranquiliza que, de cara al regreso, usen protección.

En el vagón suena Vivaldi y la entrada de la primavera nos pilla dentro de él. No está buscado pero es difícil obtener más evocaciones por menos en sólo una jornada. Seguramente a esas horas, Balsalobre ya habría trasladado a la tela unos buenos trazos de inspiración. El día que ésta se le resista no debería descartar hacer el recorrido. Aunque viendo cómo vuelca el mar en sus creaciones es posible que lo haya descubierto ya.

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