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Pollo con ciruelas: El octavo día (por F. Alomar)

La película hace bandera de su origen como novela gráfica recurriendo sin pudor al realismo mágico
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Una escena de la película.

Una escena de la película.

Ganadora de varios premios de novelas gráficas, la franco-iraní Marjiane Satrapi se mueve entre el cómic y el cine ganándose un merecido respeto de lectores, espectadores y críticos por su sincera mezcla de denuncia social y feminismo con el candor y capacidad de evocación en la más pura tradición persa.

Si Persépolis era una denuncia autobiográfica del régimen presente, en Pollo con ciruelas recurre a una historia más clásica y atemporal. Narra los desamores de un violinista (Amalric) que regresa a Teherán tras un largo periplo de éxitos internacionales. Se casa con una amiga que llevaba tiempo colada por él (Medeiros) pero su relación se descompone pronto. Él entra en una profunda depresión y, en la cuenta atrás de su final, evoca a su verdadero amor (Farahani).

La película hace bandera de su origen como novela gráfica recurriendo sin pudor al realismo mágico. Se intuye la utilización masiva de decorados, pero estos remiten a un romanticismo encandilante. Y se insertan fragmentos y elipsis con viñetas del cómic original. El resultado es que en la primera parte se entra, demasiado, en terreno de Amélie.

La segunda parte se desmarca y despega, con la aparición de Azrael, el ángel de la muerte oriental con paralelismos al caballero oscuro de El séptimo sello, y una intensa historia de desamor con ecos de Dublineses y raíces del fatalismo medioriental que deja al espectador mínimamente sensible clavado en su silla al terminar el filme. Al excelente trabajo de los tres actores principales se suman las agradecidas apariciones de Chiara Mastroianni (cantante e hija de) e Isabella Rosellini. Agridulce, deliciosa película.

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